Salió de la cárcel, armó un taller en el comedor de su casa y hoy su fábrica factura millones
¿Cómo un emprendimiento que nació en un comedor se convirtió en una fábrica que factura millones y transforma vidas? Conocé la historia de los hermanos detrás de Cimarrón.
Salió de la cárcel, armó un taller en el comedor de su casa y hoy su fábrica factura millones
Gastón acababa de salir de prisión cuando, junto a sus hermanos, empezó a fabricar bombillas en el comedor de su mamá. Casi 20 años después, Cimarrón factura hasta US$3 millones al año y da trabajo a 50 personas, muchas de ellas en situación de vulnerabilidad.
La historia comenzó un martes 13 de marzo de 2007. El tío Mingo, tornero de oficio, visitaba a Gastón en la cárcel y le insistía: "Hagamos algo con tus hermanos". Apenas salió, con arresto domiciliario, Gastón montó un taller en el comedor de la casa de su mamá, en Aldo Bonzi. La inversión inicial fue de unos 200.000 o 300.000 pesos de hoy, "como un buen par de zapatillas", según Hernán. Con 2000 resortes y 5 kilos de aluminio fabricaron las primeras bombillas.
¿Cómo pasaron de vender en ferreterías a exportar?
Hernán salía a vender de a docenas en comercios locales. Un día, en un mayorista de Lanús, un vendedor le sugirió: "Tenés que ir a los mayoristas de Once". Allá fue, encontró 70 mayoristas y la demanda explotó. "Empezaron a comprarnos de a 10 o 15 docenas", recuerda. El primer gran salto llegó con la bombilla anodizada de colores, que no existía en el mercado. "Llegamos a vender 100.000 por mes. Una locura", dice Gastón.
Hoy Cimarrón produce bombillas, sets materos, sartenes, cacerolas y hasta mates en un galpón de 3000 m² en el parque industrial de Ezeiza. Exportan a Chile, México, Paraguay y Uruguay. Tienen líneas robotizadas y maquinaria de primer mundo. Pero lo que los distingue es su modelo cooperativo: "Somos una empresa que compite, pero hacia adentro tenemos valores solidarios", afirma Gastón. "Cuando vino la mala, nos bajamos todos los sueldos para no echar a nadie".
El corazón social de Cimarrón
De los casi 50 empleados, muchos provienen de contextos difíciles. "Madres solteras, pibes que salieron de la calle o de estar en cana, conviven con profesionales. Ninguno de los que se fue volvió al delito", asegura Gastón. La pandemia los encontró con 17 personas; a los tres meses ya eran 45. "Acá lograron hacer base, porque no habían trabajado nunca", agrega.
Los tres hermanos —Gastón, Hernán y Facundo— se reparten las tareas: Gastón cierra negocios, Hernán lidera ventas y Facundo maneja la maquinaria y la administración. Y cuando el tiempo lo permite, se juntan con el tío Mingo a hacer longaniza casera, honrando sus raíces y una hermandad que lo pudo todo.
También puede interesarle